Fernando Varela: Progresión, Permanencia, Plenitud

MARIANNE DE TOLENTINO - 2011

 

 

Desde hace más de tres decenios, Fernando Varela, artista metódico y exigente, conceptuoso y persistente, se ha impuesto como uno de los muy pocos talentos de su década, comprometidos con el arte contemporáneo. Otra peculiaridad, que le acerca a las generaciones siguientes, es que, creador polivalente, él se distingue en la pintura, la escultura, el dibujo, el grabado, la cerámica y la instalación.Globalmente, su personalidad excepcional se perfiló a partir de la exposición de los palimpsestos en el Museo de Arte Moderno. Imágenes ancestrales relocalizadas, que podríamos calificar como primordiales, exteriorizaban la filiación judeo-cristiana en una suerte de lenguaje “paleocristiano”, neologismo utilizado por Joseph Beuys, paradigma estético del artista dominicano. Sacadas de las Santas Escrituras, páginas portadoras de versículos edificantes nutrían la factura a la vez lírica y depurada de los cuadros: podíamos recordar al pintor Marc Chagall, diciendo que la Bíblia era “la mayor fuente poética de todos los tiempos”. Consideramos aquel conjunto de obras como indiscutiblemente significativo, simbólico y premonitorio de la producción futura.

 

Fernando Varela hizo pues auténticos palimpsestos, en varias acepciones semánticas, tal vez no absolutamente conscientes. Si la palabra se refiere más frecuentemente a un pergamino, borrándose un primer manuscrito para utilizarlo de nuevo y reescribir encima, así sucedió metafóricamente. El artista, sin quitarles su origen sagrado, transformó a los folios arrancados del libro santo, que se volvieron soporte estético de la obra. En primer lugar, aunque no se perseguía una correlación de contenido o algo equivalente a los antiguos textos originales, al mismo tiempo se propiciaba una recuperación simbólica y aun literal, si lo queríamos. Todo ello en el marco evocador de una arquitectura prehistórica… La exposición provocó una conmoción en la reacción crítica : un nuevo Fernando Varela acababa de surgir. Una combinación de conceptualismo y de profundidad atestiguó, para la mayoría de los observadores, una fe y un mensaje “meta-físicos”, jamás desmentidos desde entonces.

 

No creemos que haya un solo comentario y análisis de la obra de Fernando Varela sin una reiterada alusión a la “espiritualidad” como elemento esencial de su trabajo artístico, aunque a menudo la mención no ofrece explicación sobre el concepto. Ahora bien, antes de que conocieramos las fuentes precisas que dan un sentido especial a la creación, percibimos un sentimiento religioso profundo, no identificado necesariamente con un dogma particular. Y no pocas veces, han buscado, más allá de una lectura aproximada e intuitiva, fundamentada en la fe, el origen de sus convicciones, hasta que el propio Fernando Varela revelara sus estudios y meditaciones.

 

El Soporte conceptual

 

“Quien quiere comprobar la verdad de mis palabras, debe buscar su confirmación en lo más profundo de su ser”, afirmó quien podría considerarse como mentor intelectual de Fernando Varela, el artista y escritor alemán BoYin Ra, Joseph Antón Schneiderfranken para el estado civil, cuyo pensamiento ha tenido una difusión limitada pese a su profundidad y sobre todo a su tolerancia - ¿y tal vez por ella?De hecho, la cuantiosa obra filosófica trata de la comunicación de experiencias propias, susceptibles de encontrarse en toda forma de convicción religiosa, siempre que no se niegue la evidencia supraterrestre. El postulado culmina menos en una enseñanza que en una práctica ejemplar, válida para todos los dominios de la vida.Según el pensador, hay continuidad entre la breve existencia sobre la tierra y la condición perenne del ser en la eternidad, y se debe actuar conforme a esa propuesta. Pues, todo conocimiento o creencia carece de valor si no determina una conducta personal que busque la luz espiritual y adhiera a una fuerza externa misteriosa. En lo artístico, toda creación de formas en el mundo exterior se referirá a la estructura del espíritu etermo, y esa manifestación de la vida divina, llevada a expresiones concretas, dará a la obra el sentido real de los valores.Situarse “por encima de la vida cotidiana” significa dirigirse hacia al estado primordial de eternidad. Ahora bien, esa doctrina no dictaminaba renunciar a la felicidad, sino, por el contrario, que es un deber conquistar toda la felicidad terrenal accesible, Finalmente, el propósito mayor, sino único, de los escritos de Bo Yin Ra era el de guiar para que el ser humano alcance una autorrealización maxima, al reconocer la unión de lo terrenal con el mundo imperecedero del alma eterna.Discípulo de ese florecimiento ideológico, Fernando Varela comenzó a situarse en una posición destacada en el arte dominicano y ha seguido hasta el presente, como un constructor no solamente de formas, sino de signos y símbolos, de cosmogonías y universos.

 

El artista no plasmó temprano y de golpe ese mundo interior vuelto mundo plástico, tampoco ha evolucionado por saltos y sin hilación entre series y etapas. El nunca ha dejado de buscar hasta encontrarse en el punto exacto que su vida artística le reclamaba en ese preciso momento creativo, y, observando su trayectoria fecunda, nos consta que obras bi y tridimensionales se articulan entre si, a la vez variando y repitiendo su formulación plástica. Necesariamente implicados en la percepción de su trabajo –hasta un simple espectador lo está…-, analizaremos sus componentes en capítulos sucesivos: espacio, figuras, formas y colores.

 

El Espacio

 

En el espacio de Fernando Varela, apreciamos estructuras perfectas, dibujo meticuloso, armonías cromáticas. Es un espacio que vibra, tratado a modo de componente esencial de la obra. Estas cualidades se repiten en el léxico figurativo como en abstracciones casi minimalistas: en todas las dimensiones y cual sea el soporte, el artista siempre ordena la superficie pictórica en forma clara. Papel, tela, terracota o materiales diversos, una plasticidad poderosa instrumenta el concepto. Su período, marcado por la exposición “Curador Curado” – donde desempeñó igualmente el papel de comisario-, luego el tema de las migraciones y del laberinto, enfatizan el ambito geográfico-espacial como parte de la investigación y las exigencias espirituales.

 

En Varela una construcción estática predomina, donde la forma global importa tanto como el detalle de las figuras, y el principio de conjunto no deja de prevalecer, a la primera mirada. Delia Blanco, en “La cuenca de la conciencia”, ya, en el 1994, enfocaba justamente esa captación de “un espacio compartido, organizado y sectorizado en el respeto de la totalidad y del conjunto.”Luego, cuando la mirada nuestra se adentra en el espacio, surgen, se multiplican, se precisan los elementos interiores que allí se alojan, figuras, artefactos, signos: estas características perduran en la evolución de la obra.Los objetos y los sujetos pueden reagruparse en la superficie -así en “Laislaaisla”-, o activar una superficie plana aunque perturbada, desparramando letras en “La palabra callada” – ¡ pero libre está el “lector” de conformar palabras con sentido!-. Hoy, morfologías, reiteradas y simplificadas, acortan las distancias y comunican otra dimensión, como si el espacio las apresara…. Abstracciones o “neo-figuras”, de interpretación abierta, aunque el artista mantiene el mismo rigor intelectual y se mantiene en el silencioso camino de la introspección.

 

Las Figuras

 

Situada entre austeridad perfeccionista y sensibilidad sutíl, la pintura de Fernando Varela va perdiendo su hermetismo cuando la mirada se prolonga. La imagen resultante, siguiendo el “modelo interior” –paradigma ideal para Octavio Paz- comunicará una fuerte emoción estética a la cual, salvo actitudes obstinadamente negativas ante esa clase de iconografía, el contemplador no resiste...Mirar culmina pues en fruición y recogimiento, sigilosamente transmitido por armonías formales y un sistema de alusiones: nunca hay una representación de la realidad observable. La descripción no domina, como tampoco la ubicación de Fernando Varela en ninguna escuela, ¡y sobre todo no compartimentarlo en la herencia plástica de su genial conciudadano de origen, Joaquín Torres García! El se desenvuelve en un lugar sin tiempo, en un tiempo sin lugar, tal vez en busca del infinito… hasta que él concretó su interés por el Caribe, ya entrado el tercer milenio, e identificó a los indivíduos con las islas.

 

Desde que aparecieron, por los 90, nos han atraido sus personajes y figuras-símbolos, hombre y mujer, dotados de una fuerza ignota. No tenían casi ninguna relación con modelos humanos, aunque nos resistimos a calificarles humanóides. Tampoco los vemos como estereotipos, sino una proyección conjugada de la condición humana y el espíritu eterno, que concreta Fernando Varela, aboliendo por cierto la ley de gravedad. Podrían ser estados de conciencia y una aproximación a lo desconocido a través de una forma física, al igual que, partiendo de lo inasible y la música de Erik Satie en particular, se elabora “un lenguaje de forma y color”- lo afirma el propio artista, que también es un melómano-.

 

Sucede un fenómeno de génesis que referimos a un postulado de Joseph Beuys: “El espíritu, la idea, el aspecto personal, el alma, el intelecto y el pensamiento se sirven de la corporeidad para darse a la expresión”. Corporeidades redefinidas por Fernando Varela son pues esos personajes enigmáticos, que pueblan su obra y practicamente no se modifican ni actuan…

 

Al mismo tiempo, ellos están en cambio contínuo, al filo de los años y de las series/investigaciones, desde aquellos dos perfiles de rostros gigantes del 1997 hasta la sugerencia de los apretados viajeros de una galera, pies contra cabeza, y recuerdo iconográfico de la trata de negros, cuando el Caribe – y por ende Haití e Hispañola- se sitúan en el centro de un compromiso identificador. De todos modos, el hombre y la mujer, en un plano de absoluta igualdad, comparten el mismo destino existencial y espiritual.

 

Decíamos, al sumergirnos en La Travesía: “Para Fernando Varela, esos hombres y mujeres, inmóviles, alternados, contrapuestos, que comunican sin tocarse, expresan la dualidad del cuerpo y el espíritu, el destierro continuo de cada conciencia, desde Adán y Eva, a veces huéspedes sin nombres de estas pinturas.” Esa interpretación nuestra de un éxodo, voluntario en busca de la felicidad, o fatal e irremediable en el traslado a la esclavitud, es uno de los varios desciframientos a los cuales se presta la “opera aperta” del pintor –según la califica Maria Luisa Borras-.

 

Ahora bien, el mundo de Fernando Varela no solamente se desarrolla a través de esas criaturas indiscutiblemente fascinantes. Él las acompaña (o las sustituye) con otros signos – y obviamos momentáneamente la referencia a letras y números-, como el caliz, el corazón, la mano, el cerebro, el mapa, la palma, la vaina, el bote, el altar, la cruz, la flecha… según brotan desordenadamente a nuestra memoria, cada uno dotado de una correlación simbólica., cuando no de varias como en el caso del corazón.

 

A ese respecto, volveremos a evocar la apropiación – en el mejor sentido de diálogo y recreación – de Joseph Beuys por Fernando Varela. Si se apropia de los signos y planteamientos beuysianos, él recrea una obra de autoría inconfundible: líneas y proporciones, organicidad y construcción, compromiso intelectual y metáforas, belleza (versus el feismo del conceptor alemán). Luego, él demuestra cómo formatos muy pequeños, dispuestos en políptico, adquieren una connotación de homenaje monumental, en base a elementos bien elegidos, que Beuys afeccionaba particularmente: de la naturaleza, rosa, espinas y hojas, de los animales, el coyote y la liebre muerta, de las materias primas, alusiones al fieltro y la grasa.En la misma exposición, hubo una obra tridimensional muy importante, el gran corazón hendido en cerámica, dramático sino funerario, conteniendo rollitos con un texto de Bo Yin Ra, que la asistencia podia sacar discrecionalmente, aparte de leerlo en la pared. ¡Otro homenaje! Vale señalar que la rosa y las espinas… la flor y los clavos, ya cubrían la instalación, intensamente poética, que Fernando Varela presentó en 1997, en la colectiva “Inside” de Kassel.

 

Formas y Colores

 

Hemos analizado ciertos componentes sígnicos–¡hace falta un análisis mucho más completo!-, ya que una percepcion de la obra de Fernando Varela, basándose únicamente en la proporción inobjetable de los espacios y el óptimo balance formal, la dosificación minuciosa de los tonos y las texturas refinadas de la superficie, reduciría sus dimensiones expresivas. Sin embargo, cierta lectura podría considerar que el artista concede a las formas una vida plástica relativamente autónoma, no solamente como líneas, contornos y áreas , sino como una o la contribución esencial a su compromiso, en toda su trayectoria artística.Por lo tanto, en esta reflexión, evitaremos oponer o vincular las vertientes figurativa y abstracta, sino que recordaremos la geometría muy personal de Fernando Varela, que se inició con morfologías simples y arqueológicas, y se ha ido enriqueciendo al compás de los años, sin perder su calidad “sensible”. Superficie dividida, punto, cuadrado, círculo (y esfera –en la tercera dimensión-), óvalos, en fin geometrismos cuadrangulares y curvilíneos, no dejaron de estructurar el soporte plástico, pero fueron tomando cada vez más importancia la espiral, el laberinto, el mosáico, los grafismos diversos. Más allá de un diseño interior, de equilíbrio permanente –cuales sean las proporciones y la (a)simetría- encierran sus propios mensajes de paz, orden y elevación. La evocación del mandala, símbolo cósmico de armonía suprema, es ineludible.

 

La letra, el alfabeto, la escritura han tenido una relevancia permanente en la creación de Fernando Varela, desde que encoló páginas y fragmentos del Libro sagrado, siendo la letra impresa, según Maria Luisa Borras, “un intento de comunicar un pensamiento, de dar forma plástica a una idea”. Las letras –de tipografía similar- construyeron citas religiosas, frases y mensajes, casi llegando al ideograma, hasta que sistemáticamente se soltaron, “color field” y signos hormigueantes, en “La Palabra Callada”, su serie pictórica más difícil – aunque el proceso letrista liberador había empezado mucho antes-. Pronto renunciamos a ordenarlas semánticamente y a inventar, más que a descifrar, sino que reaccionamos, testigos del caudal expresivo, mientras otros verán allí un enigma, eslabón previo a pensamiento y lenguaje formulado en la cadena de la creación o posterior… según nosotros lo entendemos ahora.

 

Coda

 

Definitivamente, Fernando Varela es uno de los artistas dominicanos cimeros, y una producción madurada a lo largo de tres décadas, lo situa entre los maestros, un título que no le place especialmente... Emoción intensa, placer estético e interiorización espiritual son estados de animo a los cuales nos conduce la contemplación necesariamente prolongada de una obra singular, a la que anhelaríamos mirar pronto, desplegada en el marco de una gran retrospectiva.

 

Marianne de Tolentino

Directora de la Galería Nacional de Bellas Artes y miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte de la cual fue Vice-Presidenta.